martes, 27 de octubre de 2009

Aprender a educar

Ya no soy ningún jovencito, a pesar de lo que me quieren hacer creer muchos de mis amigos. El paso del tiempo se ha llevado en su estela mucho de mi cabello, y me ha dejado unas elegantes patas de gallo, canas en la barba y una serie de dolores que me han hecho aprender más anatomía que durante mis años de bachiller. Sin embargo, también me ha regalado la experiencia suficiente para disfrutar esos pequeños placeres de la vida que en la adolescencia uno se quiere devorar, como si todo fuera un establecimiento de comida rápida. Ahora, por ejemplo, sé que es mejor esperar a que la cerveza esté bien helada, o la carne asada bien doradita por fuera. Sé que es mejor dar un par de vueltas buscando un buen vino a comprar el que tienes más cerca. Y que las noches más oscuras nos regalan amaneceres muy hermosos. Siento que, a mis 37, puedo sentarme en el balcón de mi casa y observar algunas de las cosas ocultas en el tráfago cotidiano de la vida.
De igual manera, hace tiempo que dejé atrás el noviciado de la actividad como educador. Desde mi adolescencia, dando clases de catecismo, aprendí los "tres momentos" de una preparación de clase. Mi bachillerato me acercó a las primeras nociones de didáctica, al mismo tiempo que mis compañeros me hacían sentirme siempre muy estimulado a buscar maneras distintas de transmitir los conocimientos. Estudié Ciencias de la Educación, y tengo una larga formación como catequista. He convivido con muchos jóvenes, y he estudiado mucho acerca de ellos. Se me ha invitado a participar en proyectos de planeación y evaluación educativa. Actualmente, y no sin una buena dosis de sorpresa, me encuentro en el sillón de la dirección de una hermosa secundaria. Y, a pesar de todo esto, todos los días siento que aún no he aprendido lo suficiente para considerarme un verdadero educador.
Mis reflexiones y preocupaciones se orientan, en este momento de mi vida, a la comprensión de que lo que realmente está en juego dentro de la escuela no son las boletas de fn de curso. Creo que lo relevante de la escuela es el proyecto de país donde quisiera pasar los años de mi vejez. Vaya: el México que quiero para mis hijos. Y, después de tantos cursos y de tantas actualizaciones, me siento apenas con las herramientas indispensables para este trabajo.
Cada estuche desaparecido dentro del salón de clases, cada fracaso escolar, cada adolescente que no quiere hacerse responsable de su propia vida, cada mesa rayada, cada agresión o pelea entre alumnos, cada salón que queda perfectamente sucio al final de la jornada... son interpelaciones que me sorprenden por la profundidad con que golpean mi espíritu. Sucede que, de un tiempo para acá, cada uno de estos eventos se queda dando vueltas en mi mente, y en los momentos de tranquilidad empiezan a desarrollarse en una espiral nebulosa, que los estira pero que en vez de diluirlos los hace cada vez más nítidos, y me hacen ver qué va a pasar con estos alumnos que hoy están a mi cargo dentro de quince o veinte años. ¿Qué habría que hacer desde hoy? ¿Dónde quisiera que estos chicos estuvieran en ese mañana que aparenta estar lejano, pero que está dramáticamente presente en cada acción que emprendemos en el proceso educativo de todos los días?
El paso del tiempo me ha hecho un regalo hermoso: un gusto sosegado por la escriura. Hoy inauguro este nuevo blog, con la intención de compartir las reflexiones que me vienen a la mente. Pero también quiero tener la posibilidad de recibir la riqueza de otras personas, que compartan o no esta profesión. Porque otro de los regalos del mediodía de mi vida es el gusto por la conversación, y la admiración sencilla por lo que otras personas piensan. Soy sólo un escritor amateur. Y soy un aprendiz de educador. Pero creo que hay mucha riqueza alrededor.
La idea del blog nació de la necesidad de rescatar espacios de formación docente a un calendario saturado de actividades. Los primeros invitados son, por supuesto, mis compañeros de viaje en la Secundaria del Colegio Guadalajara. Pero la puerta está abierta para todos. Toda mi vida, desde los 4 años, ha estado vinculado a la escuela. Todas mis amistades, todos mis amigos, y prácticamente todas las personas que conozco tienen cierta relación con la escuela. Pasen, pues, con gusto, a la salita de esta casa que quiero sea suya también. Aprendamos juntos este hermoso arte de educar.

2 comentarios:

  1. Wow Pp!!! que forma tan increible de expresar tus ideas, que positivas y llenas de esperanza para un futuro que todos quisieramos mas prometedor para nuestros hijos... te mando un abrazote y mil felicidades!!

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  2. Hola Pepe, estoy dándome una vuelta por el blog.
    Comparto algunas de tus preocupaciones sobre los chavos. Claro que es distinta mi visión porque soy profesora, no la directora, jejeje. Alguna vez me dijiste, esto es un trabajo permanente, el ser educador o un aprendiz de educador. Es cansado por una parte, insistir con los chavos sobre la necesidad de la buena conducta, promover junto con los contenidos,valores, todos los días. Pero esos momentos en que uno los ve crecer y cambian y por fin comprenden lo que buscabamos transmitir y a veces hasta más, valen la pena, eso lo hemos compartido y es maravilloso. Aquí seguimos juntos, en el barco, en este emocionante viaje de educar.

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