martes, 27 de octubre de 2009

Y, ¿qué hacemos con el distinto?



Hace un par de días un grupo de alumnas vino a visitarme a la oficina. Curioseando entre los papeles que tengo pegados en mi organizador, se encontraron con la invitación a los quinceaños de una de sus compañeras. Como suele suceder, la fiesta en ciernes se convirtió en el centro de la conversación. Me llamó mucho la atención escuchar que varias de ellas "no sabían si iban a asistir", porque dicha compañera vive en una colonia distinta a las que el resto de sus compañeras suelen frecuentar. Dado la importancia que tiene para todos los chicos que cursan tercero de secundaria la asistencia y organización de este tipo de fiestas, creo que vale la pena estirar la hebra y comprender mejor lo que nuestros chicos nos están tratando de decir.


A todos nos asusta aquello que no conocemos. Nuestra reacción natural frente a lo desconocido es aferrarnos a ideas, espacios y costumbres que nos dan seguridad. Vaya: cuando las computadoras se empezaban a popularizar, yo llegué a afirmar que por nada del mundo cambiaría mi maquinita de escribir electrónica... Desde esta experiencia, tendemos a organizar nuestro mundo de acuerdo a con nuestra propia cultura y las costumbres que hemos aprendido. Este mecanismo funciona, a menudo, como un juicio de valor en el que lo nuestro es bueno, y lo ajeno es malo: "ninguna comida es mejor que la mexicana", "sí, serán un país desarrollado, pero nosotros valoramos más la familia" o "masiosare un extraño enemigo..." Ni modo, lo traemos en los genes.


Sin embargo, uno de los retos más grandes a la educación actual es la formación para el encuentro entre las diferentes culturas. Los medios de comunicación se han encargado de hacernos conocidos aspectos de la vida de personas que antes ni siquiera hubiéramos imaginado que existían en el planeta. Basta abrir el directorio telefónico en la sección de restaurantes para darnos cuenta de qué manera se han fusionado las costumbres y las culturas. Sin embargo, esto no quiere decir que hayamos aprendido a convivir armónicamente con lo ajeno.


Creo que la prueba de fuego, como en mucho otros ámbitos del desarrollo social, tiene lugar en la vida cotidiana. Es muy fácil decir que fuimos de vacaciones e hicimos muchos amigos en quien sabe qué protectorado centroafricano, a aceptar que el vecino vota por un partido distinto al mío. Los primeros pasos deberían darse en la escuela, formando a la escucha, a la empatía y al diálogo.


Silvia Schmelkes, directora del departamento de investigación de la Universidad Iberoamericana, escribió un artículo titulado "La interculturalidad en la Educación Básica", donde disecciona concisa y claramente los elementos de este asunto. Te recomiendo que te prepares un buen cafecito, te sientes cómodamente, lo leas y anotes algún comentario aquí mismo. Puedes descargar el artículo en http://eib.sep.gob.mx/files/interculturalidad_educacion_basica.pdf.

A final de cuentas, la pregunta que yo quisiera responder es: ¿cómo hacemos para que las chicas de un lado de la ciudad conozcan y se encuentren gozosamente con las del otro lado? Bonito el reto, ¿no?

Aprender a educar

Ya no soy ningún jovencito, a pesar de lo que me quieren hacer creer muchos de mis amigos. El paso del tiempo se ha llevado en su estela mucho de mi cabello, y me ha dejado unas elegantes patas de gallo, canas en la barba y una serie de dolores que me han hecho aprender más anatomía que durante mis años de bachiller. Sin embargo, también me ha regalado la experiencia suficiente para disfrutar esos pequeños placeres de la vida que en la adolescencia uno se quiere devorar, como si todo fuera un establecimiento de comida rápida. Ahora, por ejemplo, sé que es mejor esperar a que la cerveza esté bien helada, o la carne asada bien doradita por fuera. Sé que es mejor dar un par de vueltas buscando un buen vino a comprar el que tienes más cerca. Y que las noches más oscuras nos regalan amaneceres muy hermosos. Siento que, a mis 37, puedo sentarme en el balcón de mi casa y observar algunas de las cosas ocultas en el tráfago cotidiano de la vida.
De igual manera, hace tiempo que dejé atrás el noviciado de la actividad como educador. Desde mi adolescencia, dando clases de catecismo, aprendí los "tres momentos" de una preparación de clase. Mi bachillerato me acercó a las primeras nociones de didáctica, al mismo tiempo que mis compañeros me hacían sentirme siempre muy estimulado a buscar maneras distintas de transmitir los conocimientos. Estudié Ciencias de la Educación, y tengo una larga formación como catequista. He convivido con muchos jóvenes, y he estudiado mucho acerca de ellos. Se me ha invitado a participar en proyectos de planeación y evaluación educativa. Actualmente, y no sin una buena dosis de sorpresa, me encuentro en el sillón de la dirección de una hermosa secundaria. Y, a pesar de todo esto, todos los días siento que aún no he aprendido lo suficiente para considerarme un verdadero educador.
Mis reflexiones y preocupaciones se orientan, en este momento de mi vida, a la comprensión de que lo que realmente está en juego dentro de la escuela no son las boletas de fn de curso. Creo que lo relevante de la escuela es el proyecto de país donde quisiera pasar los años de mi vejez. Vaya: el México que quiero para mis hijos. Y, después de tantos cursos y de tantas actualizaciones, me siento apenas con las herramientas indispensables para este trabajo.
Cada estuche desaparecido dentro del salón de clases, cada fracaso escolar, cada adolescente que no quiere hacerse responsable de su propia vida, cada mesa rayada, cada agresión o pelea entre alumnos, cada salón que queda perfectamente sucio al final de la jornada... son interpelaciones que me sorprenden por la profundidad con que golpean mi espíritu. Sucede que, de un tiempo para acá, cada uno de estos eventos se queda dando vueltas en mi mente, y en los momentos de tranquilidad empiezan a desarrollarse en una espiral nebulosa, que los estira pero que en vez de diluirlos los hace cada vez más nítidos, y me hacen ver qué va a pasar con estos alumnos que hoy están a mi cargo dentro de quince o veinte años. ¿Qué habría que hacer desde hoy? ¿Dónde quisiera que estos chicos estuvieran en ese mañana que aparenta estar lejano, pero que está dramáticamente presente en cada acción que emprendemos en el proceso educativo de todos los días?
El paso del tiempo me ha hecho un regalo hermoso: un gusto sosegado por la escriura. Hoy inauguro este nuevo blog, con la intención de compartir las reflexiones que me vienen a la mente. Pero también quiero tener la posibilidad de recibir la riqueza de otras personas, que compartan o no esta profesión. Porque otro de los regalos del mediodía de mi vida es el gusto por la conversación, y la admiración sencilla por lo que otras personas piensan. Soy sólo un escritor amateur. Y soy un aprendiz de educador. Pero creo que hay mucha riqueza alrededor.
La idea del blog nació de la necesidad de rescatar espacios de formación docente a un calendario saturado de actividades. Los primeros invitados son, por supuesto, mis compañeros de viaje en la Secundaria del Colegio Guadalajara. Pero la puerta está abierta para todos. Toda mi vida, desde los 4 años, ha estado vinculado a la escuela. Todas mis amistades, todos mis amigos, y prácticamente todas las personas que conozco tienen cierta relación con la escuela. Pasen, pues, con gusto, a la salita de esta casa que quiero sea suya también. Aprendamos juntos este hermoso arte de educar.